Primavera revuelta

25/Jul/2011

El Observador, Pedro Dutour

Primavera revuelta

Los resultados de las manifestaciones del mundo árabe han sido desiguales
Los egipcios volvieron a protestar ayer en la famosa Plaza Tahrir; consideran escasos los cambios introducidos por la junta militar que gobierno el país tras la era Mubarak.
PEDRO DUTOUR TWITTER.COM/PEDRODUTOUR
23-7-2011
En enero explotó Túnez, en febrero Egipto y en las sucesivas semanas se movilizaron en Libia, Siria, Argelia, Jordania, Yemen, Bahréin, pero lo que parecía ser una movida que se extendería a todo el mundo árabe, las revueltas han mostrado resultados disímiles propios de realidades diferentes de cada nación islámica. Y, aunque las cosas no volverán a ser como antes en la región, se está muy lejos de un gran movimiento que englobe a los 22 Estados árabes.
La emoción y la ansiedad ganaron a los analistas y a los medios de Occidente que creyeron haber visto en la primavera árabe un maná en el desierto de las dictaduras, donde fluiría la democracia y la libertad. Un pensamiento demasiado optimista para lo que vendría después y para lo que sucede por estos días.
A principio de año cayeron los regímenes de Ben Alí en Túnez y Hosni Mubarak en Egipto, pero luego los movimientos de liberación en el norte de África y en Medio Oriente no cuajaron del todo, algunos gobiernos ordenaron una dura represión a la ciudadanía disidente -tal el caso en Bahréin y, actualmente, en Siria- y otros, astutos, implementaron reformas que más o menos dejaron tranquilas a esas poblaciones. A este panorama, hay que agregar la guerra en desarrollo, con intervención extranjera incluida, en Libia.
Por ahora, los países occidentales, que apoyan y venden una democracia y estado de derecho que las naciones islámicas nunca conocieron, deben contentarse con lo desarrollado en suelo egipcio y tunecino, que tampoco alientan un futuro del todo prometedor en vista a los inconvenientes que han padecido para formar un nuevo gobierno o depurar la vieja guardia.
En el caso egipcio, las elecciones están en el aire desde que la junta militar que comanda el país a partir de la caída de Mubarak las retrasó -debían ser en setiembre- y aún no confirmó nueva fecha. Eso sí, el jueves pasado recién juramentó la nueva administración, con el novel primer ministro Esam Sharaf, que apoyó a los revolucionarios, a la cabeza. La ciudadanía logró, pese al estancamiento castrense, la jubilación forzosa de 669 oficiales de Policía, enjuiciamientos a miembros del régimen de Mubarak y remodelación del gabinete. Mientras tanto, los tunecinos tendrán una prueba de fuego en las elecciones de octubre, cuando se elegirá una Asamblea Constituyente.
Por ahora no se puede utilizar la palabra fracaso para estos movimientos. No obstante, es evidente que las revueltas no arraigan en varios sectores porque, además, existe una crisis laboral que sufren de forma especial los jóvenes de toda la región, y los inversores extranjeros y los turistas están huyendo alarmados ante tanta inestabilidad.
El punto más caliente de la primavera árabe se encuentra en Libia. Las revueltas que se iniciaron el 17 de febrero encaminaron una guerra civil en la que los aviones de la OTAN, con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU mediante, se pusieron del lado de los rebeldes, quienes también cuentan con un apoyo diplomático extenso a nivel mundial. El líder libio, Muammar Gadafi, hace rato que tiene «los días contados», pero aún resiste y continúa en el poder, con la capital Trípoli bajo su mando, desde hace casi 42 años. Un futuro incierto para ese enorme territorio rico en petróleo.
Tanto como Gadafi, el gobierno del presidente Bachar al Asad de Siria ha ordenado una dura represión contra la población, con cientos de muertos en varias ciudades y que ha obligado a miles de ciudadanos a refugiarse en la fronteriza Turquía. Pero a diferencia de lo que sucede en Libia, la intervención occidental en Siria es solo de palabra: una implicancia aquí tendría un costo más alto, podría generar una intervención del aliado grupo chiita libanés Hezbollah y pondría en sobresalto una nación vecina con Israel. La mano, por ahora, parece ir ganándola el régimen de Al Asad que promete cambios sin introducirlos, al tiempo que maltrata a su población con las Fuerzas Armadas y con prácticas de tortura, según grupos de derechos humanos.
En el empobrecido Yemen, donde Al Qaeda ha echado raíces y en el que pululan grupos que pretenden dividir el país, las «masivas protestas populares han dado paso a una intensa lucha de poder entre el presidente Ali Abdulá Saleh -hospitalizado en Arabia Saudita- y su clan, por un lado, y sus rivales, por el otro», señaló un informe de la BBC. Saleh se marchó a Arabia herido de bala tras un ataque en el palacio presidencial y no hizo efectiva su renuncia que prometió.
En la pequeña y estratégica isla del golfo Pérsico, el Reino de Bahréin, las revueltas democráticas no han prosperado por la represión del gobierno sunita contra la mayoritaria población chiita, por la ayuda militar que esta monarquía islámica recibe de la sunita Arabia Saudita y por la vista gorda que hace Estados Unidos ante esta crisis. No en vano Washington tiene apostada allí a la V Flota de la Marina estadounidense. Y otra cosa para nada menor: el temor a que una administración chiita simpatice con el también chiita Irán, algo que provoca escozor a Arabia Saudita y a Estados Unidos.
El calor de las manifestaciones también arribó con fuerza a países como Jordania y Argelia; sin dejar la reprimenda ciudadana sus gobiernos introdujeron algunos cambios en el ámbito legal y gubernamental que amainaron la rabia colectiva. En Marruecos, en tanto, se dio el gesto mayor por parte de una administración hacia los protestantes: una reforma constitucional que, de igual modo, suena más a un barniz pour la gallerie que a otra cosa.
El 9 de marzo, solo dos semanas después del comienzo de las revueltas comandadas por el Movimiento 20 de febrero, el rey Mohamed anunció que el país iba a contar con una nueva carta magna. Poco después, el 17 de junio, el monarca, que lo llamó «pacto histórico del trono y el pueblo», presentó el proyecto de la Constitución que debía ser aprobado en un referendo.
El 1º de julio, día de la votación, los marroquíes la apoyaron con el siempre sospechoso 98,5% de los votos. El nuevo texto dice que la figura del rey ya no es «sagrada» sino «inviolable», pero en ningún lado le resta poder, aunque lo matiza: por ejemplo, ahora será el Parlamento el que elija el primer ministro y no el monarca. La ley islámica, como sucede en Egipto pese a una remodelación constitucional, rige la carta magna y esto no se discute. La libertad religiosa, prueba fehaciente de una democracia saludable, no existe.
Los árabes quieren libertad, sin dudas. Pero quebrar con siglos de sistemas dictatoriales llevará más que unas manifestaciones más o menos bien organizadas. Aunque no estaría mal que aprovecharan el envión de un fenómeno inédito en el mundo islámico.